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MADUREZ: la responsabilidad de ser una misma.

Crecimiento mujeres

MADUREZ: la responsabilidad de ser una misma.

Jesús dijo: << a menos que nazcas de nuevo y te conviertas en un niño, no entrarás en el reino de los cielos. >>

¿Y qué es el reino de los cielos? Pues lo que tanto estamos buscando: la felicidad.

Una puede hacerse vieja. Puede pasar la vida comiendo, durmiendo, trabajando… y haciéndose mayor, pero eso no significa crecer, ni vivir, ni mucho menos florecer; esto es solo sobrevivir.

Florecer significa llegar a ser lo mejor que puedas ser y esto es lo que de verdad trae satisfacción de espíritu y felicidad.

Para florecer es completamente necesario e imprescindible que una madure. La madurez no es otra cosa que tomar la responsabilidad de conocerse y llegar a ser una misma, o lo que es lo mismo, resucitar nuestra inocencia.

La madurez es un segundo nacimiento, esta vez espiritual, lo que significa que con la suficiente reflexión has llegado a la sabiduría de reconocer que tú no te creaste a ti misma, pero que tienes unas aspiraciones sagradas, algo que te hace única e irrepetible y que te has dado cuenta de que lo único que merece la pena y llena tu vida de sentido, propósito y paz de espíritu es ser lo que ya eres.

Este segundo nacimiento tiene como propósito recuperar aquello que ya tenías en el primer nacimiento –una identidad y un propósito—, pero que, debido a la educación, la sociedad, la escuela, el miedo o la falta de reflexión y autoconocimiento, hizo que te durmieras de lo importante y te desviaras del camino.

Para madurar es imprescindible:

  1. “La meditación” –el silencio y la reflexión interior— y conectarse con “la Fuente”, para conocernos sin juzgar y sacar lo mejor de lo que somos.

De hecho toda la magia de la vida, la belleza y las creaciones artísticas como el arte, la poesía, la música, el baile, etc., nacen de la conexión con la Fuente. El silencio es, sin duda, un paso previo para conectar.

  1. Se necesita gran valentía y coraje para realizar el acto quirúrgico invisible de extirpar lo que no es tuyo y dejar solo lo que corresponde a tu auténtico ser.

Todas nacimos con unas aspiraciones sagradas, con una misión en este mundo, con una identidad…, así que solo satisfaciendo esto podremos sentirnos satisfechas y plenas.

Solo cuando estemos dispuestas a ser lo que somos, le pese a quien le pese –padres, madres, amigos, profesores, parejas…–, porque entre otras cosas sabemos que no hay otra opción, nos liberaremos del aprisionamiento de nuestra alma –que supone querer satisfacer las expectativas de otros, complacer, lograr aprobación, gustar…– y dejaremos así de traicionarnos para sernos por fin fieles y sentirnos íntegras.

No es asunto nuestro lo que hagan otros con sus expectativas. Si queremos ser felices, nuestro trabajo está en lograr ser quienes somos. Nada más.

Es el corazón nuestra parte emocional, la que como un GPS nos lleva hacia nuestro SER y lugar en el mundo. Si no atiendes a tu corazón, no podrás llegar a ninguna parte, aunque luego tendrás que trascenderlo también. Por supuesto que utilizarás la cabeza, pero ahora como un instrumento para servir a tus objetivos y propósitos sagrados.

La verdadera heroína es aquella mujer que consigue ser ella misma y vivir la vida a su manera, permaneciendo atenta y alerta para nada ni nadie, ni siquiera en nombre del amor, le desvíe del camino a su realización.

Madurar es reclamar tu paraíso en la Tierra.

¡Resucita a la Diosa que hay en ti!

¡Endiósate!

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