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Confesiones de una adicta al amor


Elena Villanueva - 26 de abril de 2021 - 0 comentarios

Algunos CDs, como los de Marilyn Manson, debido a sus letras demasiado sexuales o violentas llevan una etiqueta clasificatoria que dice “Advertencia para padres: contenido explícito”. Siempre me he preguntado por qué los CDs de Amaral, Luis Miguel o Laura Pausini, o las películas de Walt Disney no llevan algo parecido, del tipo “Advertencia para padres: promueve la adicción al amor”.

Y es que este tipo de canciones y películas románticas pueden ser tan dañinas como las violentas. A mí, desde luego, me perjudicaron mucho. Porque facilitaron que me convirtiera en una adicta al amor que, en realidad, hacía de todo menos amar.

Qué es la adicción al amor

La adicción al amor es sentir un deseo exacerbado y crónico de estar permanentemente en la fase de enamoramiento: cosquillas en el estómago, latidos acelerados del corazón, ensoñación, conversaciones por teléfono durante horas sin decirse nada en realidad, sexo apasionado, etc. Es la necesidad de sentirte tan conectada a nivel profundo con otra persona que, en otras palabras, te la quieres “comer”.

Y es que una adicta al amor ha sufrido algún tipo de abandono emocional durante su infancia por parte de sus cuidadores. Se ha quedado algo desnutrida y con hambre de vincularse más íntimamente. Es por esto que de mayor siente un deseo casi enfermizo de intimidad con otro ser humano, porque en su niñez no pudo satisfacer (o por lo menos no lo suficiente) su necesidad legítima de dependencia con quien correspondía: sus padres.

Podría interesarte mucho leer sobre el trauma oculto en: Los 3 tipos de trauma

La adicta al amor inconscientemente está tratando de que una relación de pareja repare sus carencias de la infancia.

Enamorada de la ilusión del amor

“Hola. Soy Elena y soy adicta al amor”. Sí, lo confieso. Yo me di cuenta de que algo raro me pasaba cuando en el instituto me leí un libro que se llamaba “El Silencio de las Sirenas”, en el que la protagonista, Elsa, se enamoraba de un hombre al que apenas conocía. En realidad, a una adicta al amor solo le hace falta intercambiar algunas palabras con un hombre para tejer una historia de amor en su mente que en realidad no existe. Yo también me hacía unas buenas pelis de Spielberg con los chicos.

En el libro Elsa se obsesiona tanto con este hombre que su amiga, preocupada por su salud mental, le dice: “Lo que tú necesitas es encontrar a un hombre real y tener una historia real”. Y entonces Elsa explota: ¡No quiero un hombre! ¡Solo quiero sentir amor como lo estoy sintiendo, venga de donde venga!

¿Te suena? A mí sí. Es como cuando te sientes triste y quieres darte un atracón y te llevas a la boca lo primero que tienes a mano. Da igual que sean donuts, papas fritas o helado. Es como si quisieras llenar un vacío, que te sirve cualquier cosa.

Pero continuemos con el libro. Obviamente él acaba rechazándola y Elsa (spoiler alert) se siente tan triste que se adentra en las montañas de su pueblo y se deja morir en la nieve. Causa de la muerte: hipotermia, dirían los forenses. Pero no seamos cortas de miras. La causa de su muerte fue su adicción al amor y detrás de eso, el abandono emocional en su infancia.

Para las adictas al amor es común engancharse al primer hombre que pasa por ahí con pinta de hacerte feliz.

Confesiones de una adicta al amor

Ya, pero la historia de Elsa es ficción, dirás. Pues te voy a contar una historia bien real de una adicta al amor: la mía. Conocí por internet a un chico gaditano cuando tenía 20 años. Durante meses nos escribimos cartas y nos telefoneamos, hasta que después de seis meses quedamos para conocernos el día de mi cumpleaños en Cádiz. Sin embargo, yo sí fui pero él nunca se presentó

Aunque hacerme ir hasta allí y no presentarse era motivo suficiente para no hablarle en la vida, como buena adicta al amor me insistió con dos emails y dos llamadas (qué se yo) y seguí escribiéndome de vez en cuando durante nada más y nada menos que ¡diez años!

Cuando ya casi se acercaba el final, por fin decidimos quedar para vernos de nuevo en la habitación de un hotel. Y esta vez sí que apareció. En ese encuentro me fui dando cuenta de que no teníamos mucho en común. Recuerdo, por ejemplo, verlo escribir en un papel con la mano izquierda y pensar: “¿Después de tantos años cómo puedo no saber que es zurdo?”. Y esta es aún mejor, cuando llegó al hotel yo le estaba esperando en recepción con un libro y lo primero que me dijo fue: ˝¿Qué haces con un libro?˝. Pues, como mi adicción al amor me hacía ciega, ni siquiera me percaté de que se sorprendiera tanto de ver un libro como de ver un ovni era un muy mal síntoma.

Pero yo no veía más allá de mis narices. Solo pensaba que si nuestra historia de amor triunfaba después de 10 años, sería tan bonita y especial como en una peli de Hollywood. Me imaginaba continuamente lo bien que quedaría cuando se lo contara a la gente y a nuestros hijos. (¿No te he dicho que las películas románticas me hicieron mucho daño?). Después de aquel día siguieron más encuentros y más decepciones hasta que la historia terminó definitivamente cuando volvimos a quedar para el día de mi cumpleaños y me volvió a dejar plantada.

Las adictas al amor nos sentimos irresistiblemente atraídas hacia los “evasivos al amor”, así podemos seguir reprimiendo el trauma original con la fantasía.

Cuando el amor es ciego

Maya Angelou decía que se podía saber mucho de una persona por la forma en la que se comportaba en estas tres situaciones: un día lluvioso, un equipaje perdido y las luces del árbol de Navidad enredadas.

Pero creo que las románticas (=hambrientas de amor) pasamos por alto estas pequeñas situaciones cotidianas porque nos ciegan los gestos grandiosos, como que un ex vuelva a por nosotras “al estilo Hollywood” después de varios años diciéndonos que nunca nos pudo olvidar. Y lo recibimos con los brazos abiertos.

Hoy ya no. Hoy yo no le recibiría con los brazos abiertos. Hoy simplemente le preguntaría: “¿Dónde estabas entonces cuando tanto te necesité?” (como cantaba Manolo García).

No es casualidad que Elsa y yo nos enamoráramos de un hombre al que apenas conocíamos. Porque en el fondo, las adictas al amor tenemos miedo a la intimidad. Las adictas al amor preferimos la intensidad de una relación en nuestra cabeza con un desconocido que un amor real y así nos va.

Adictas al... ¿amor? - Blog Endiosdas

¿Por qué es peligrosa la adicción al amor?

Nos hacemos adictas a los hormigueos en el estómago de los primeros meses y no somos capaces de ver que una relación de amor madura también está hecha de momentos de silencio y serenidad. Y de días lluviosos y equipajes perdidos.

En realidad, no sabemos cómo es el amor de verdad. Nunca lo hemos sentido, no lo conocemos y no lo sabemos reconocer aunque se nos ponga a tiro. Quizás tanta fantasía no sea otra cosa que “un trago” para olvidar que todavía no hemos logrado lo más importante de la vida: sentirnos vistas y amadas incondicionalmente.

En cualquier caso, la adicción al amor no es la solución y también es peligrosa porque nos hace una pareja tóxica. Solo queremos engullir al otro y, evidentemente, esto es un abuso que traerá malos resultados. Por eso fracasamos tanto en el amor, porque el otro se siente asfixiado y sale corriendo y con motivo. Así que cada día que pasa, más desesperadas y más nos convertimos en niñas necesitadas y demandantes. Durante mucho tiempo pensé que el gaditano era un mamarracho, pero ahora me doy cuenta de que yo estaba aún peor que él.

Y, en definitiva, la adicción al amor solo maquilla nuestras necesidades pero no las resuelve, y nos hace perder el tiempo. Como lo hicimos Elsa y yo. También podría contarte la historia de mi tía, que se quedó esperando toda su vida a un hombre al que apenas conocía que se tuvo que ir de España por la guerra y que nunca volvió. Quizás tú también tengas tu propia historia de desesperación por conectar.

La adicción al amor es peligrosa porque te hace una pareja tóxica, te aísla de las personas y te acerca a la depresión.

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